jueves, 18 de enero de 2018

No hay dos sin tres... EL PODER DE LA VOZ

Volvamos la vista atrás para recordar la 3ª edición de EL PODER DE LA VOZ y todo lo que supuso.
Ciertamente, la saga continúa y, jugando con esta idea, quisimos constatarlo a la hora de elegir los actores y actrices que formaron parte de la tercera edición. Los Jara, los Jenner, los Cantolla y los Mediavilla son una muy buena muestra de la calidad transmitida de padres a hijos.
Si te perdiste la oportunidad de verlo (y sentirlo) en vivo y en directo, aquí te dejo el evento al completo, para tu disfrute.



O si lo prefieres, aquí van “en pildoritas” cada uno de los textos que preparé para la ocasión.
Empezamos fuerte, recordando a Constantino Romero. Sus trabajos como actor de doblaje y como presentador, su carisma y su carácter, sus frases y lo que nos han despertado a lo largo de una vida que se truncó demasiado pronto. De la voz de Jesús Olmedo hacemos un merecidísimo homenaje al Maestro porque se lo merece, porque estamos en su tierra y porque, a pesar de los años transcurridos, le echamos de menos como el primer día.



Los Jara, Sandra e Iván, nos llevaron a una estación de tren, de cualquier ciudad, donde una joven espera o desespera, mientras es observada por uno de los vigilantes de seguridad que patrullan por el recinto. Ironía, cinismo y presuposición mezclado con unos timbres de voz que nos arrancan una sonrisa amarga y nos despiertan emociones empáticas al vestirse de unos personajes que, cualquiera de nosotros, podemos encontrar mañana en nuestra estación de cabecera.



Los Jenner, David y Miguel ángel, nos llevan de paseo en un taxi en el que, como si de una película se tratase, vemos la transformación mágica y sentimental de los personajes. Ternura y franqueza sobre ruedas de la mano de padre e hijo. Una historia de final suave, lento, pero  plausible, donde se nos muestra una realidad al desnudo.


Los Cantolla, Héctor y Gustavo, nos introducen en la agobiante atmósfera de una casa en la que un escritor intenta terminar la novela de su vida. Tensión, terror, humor negro y surrealismo encerrado entre cuatro paredes donde LA VOZ, nunca mejor dicho, se hace imprescindible para seguir y comprender la historia. Un cuento que, por primera vez en EL PODER DE LA VOZ, es interrumpido por el aplauso espontáneo del público que se dejó llevar por la historia y por los actores que la dieron vida.


Los Mediavilla, Nuria y Jose Luis, con la colaboración “en diferida” de su padre Pepe Mediavilla. Un cuento a tres bandas donde el sarcasmo y la mordacidad luchan por el control de una empresa de publicidad. Lucha de sexos, lucha de carácter, lucha cotidiana que no es más que el reflejo de la realidad que se esconde tras los cristales de cualquier rascacielos de cualquier ciudad.


Os aseguro que fue una edición única, cargada de sensaciones, de momentos para recordar, de anécdotas, con alguna que otra ausencia y con un público entregado que no quería abandonar las butacas. Por ese motivo, el presentador de la gala, Jesús Olmedo, acabó por invitar a las parejas de actores a que tomaran la palabra, para deleite de los allí presentes.
Espero que la magia que vivimos en Talavera aquella noche traspase la pantalla y os haga vibrar y emocionaros con las voces que llenaron el Teatro Victoria.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Brindis

Parece increíble, pero ya han pasado 365 días desde nuestro último brindis… Y, aunque la copa nos pese, no debemos dejar de brindar, por nada ni por nadie.
Todos los recuerdos se precipitan, como las últimas horas de este año completo y complejo, que se nos escapa entre los dedos con la sensación de haber dejado temas pendientes, llamadas pendientes, palabras pendientes, besos en espera y algún que otro tren perdido por no saber llegar a la hora.
Nos vienen sabores a la boca: de palabras que dijimos y sentenciaron; de palabras que no dijimos y se mueren por ver la luz; de besos que dimos y se perdieron, y de besos que esperan el momento de ser dados.
Pero nos prometemos que este 2018 será diferente, que haremos esto o aquello. Que empezaremos ese libro. Que abriremos esa puerta. Que  volveremos a ese lugar. Que llamaremos a ese amigo que lleva todo el año esperando nuestra llamada, porque la necesita, porque nos necesita, porque estamos tan ocupados con nuestra vida que se nos olvida que los  demás también tienen la suya…
¡Y, realmente, estamos a tiempo de cambiarlo!
Por eso toca brindar, señores, sin duda. Por un año nuevo repleto de promesas que, esta vez sí, cumpliremos liberando nuestra famosa lista de temas pendientes.
Brindemos por un perdón a tiempo y un tiempo de perdón.
Brindemos por los nuevos proyectos que llenarán las páginas de nuestra agenda.
Brindemos por los besos con luz y taquígrafos, por los abrazos que cuidan y curan,  por los viajes que nos llevan lejos, muy lejos, donde los problemas no consiguen encontrarnos.
Brindemos por las nuevas historias, que nos harán vibrar, y por las viejas, que nos hacen vivir.
Brindemos por los que están lejos, para sentirlos cerca.
Brindemos para que en este 2018 también tengamos tiempo de cometer errores y aprender de ellos.
Mis criaturas y yo os agradecemos el tiempo dedicado, el odio destilado y el cariño que os hayamos podido despertar. Os deseamos un año lleno de cosas buenas, de días importantes y de sensaciones que os despierten todos los sentidos.
Y os pedimos que no dejemos nunca de brindar: con una copa, con una jarra, con un chupito… porque, a veces, un simple brindis nos puede cambiar la vida.

¡Feliz 2018!

Cat.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Un, dos, tres...



Que “no hay dos sin tres” es un dicho popular que nos viene al pelo…
Esta semana ha visto la luz el cartel de la 3ª edición de “EL PODER DE LA VOZ” (la saga continúa).
Y nunca mejor dicho esto de “saga”, puesto que este año subirán al atril sagas familiares del doblaje español.
Los Cantolla, los Jara, los Jenner y los Mediavilla son un claro ejemplo de que la pasión por este trabajo también va en los genes.
Como ya es tradición, el evento tendrá lugar en Talavera (en el Teatro Victoria), el 28 de octubre. Habrá música, habrá voces y habrá cuentos que cuentan.
Mis criaturas están emocionadísimas, (como locas, os lo aseguro), por tener nuevos actores y actrices que les den voz y vida.
Os dejo el cartel para vuestro deleite y os aviso de que las entradas ya se han puesto a la venta. Yo que vosotros iba reservando butaca para no perderme nada de lo que suceda esa tarde.
Nos vemos allí.

lunes, 7 de agosto de 2017

Un cuento que va cambiando con los años



Hoy, abrumados todos por los calores del previsible mes de agosto, quiero recuperar un cuento que, en estos seis años que llevo escribiendo, ha evolucionado casi tanto como yo.
En su día, solo eran unos cuantos párrafos, un diálogo lanzado al aire, sin principio ni final, aparcado en un rincón de mi portátil. Después, se convirtió en uno de los cuentos del blog, bajo el título “La luz del callejón”, para más tarde sufrir una mutilación por exigencias del tiempo y el espacio y, así, convertirse en uno de los relatos de la 2ª edición de EL PODER DE LA VOZ.
Teníamos una pareja de voces muy interesante: Alfonso Vallés, con su tono fuerte y rotundo, con sus matices y sutilezas, con sus años de experiencia. Y, frente a él, la dulzura de Ana Valéiras, su sencillez, su suavidad, sus titubeos y verdades como puños envueltas en una elegancia que consigue meterte en la piel del personaje.
Una pareja que, en las tablas del teatro, se permitió más de una licencia a la hora de interpretar este cuento que, como veis, ha cambiado y ha mejorado hasta llegar a ser lo que es.
Disfrutad de una historia en la que, salvando las posibles distancias, estoy segura de que os veréis identificados.
Porque todos, alguna vez, hemos necesitado la mano de alguien para empezar a caminar.


miércoles, 5 de julio de 2017

Son las doce...



Son las doce horas, un minuto y quince segundos, y aún no has añadido ningún mensaje nuevo.
Sí que te lo estás pensando. Mucho. Sabes bien que voy en serio. No voy a tener piedad. No. Te tengo contra las cuerdas, al fin, y no vas a poder evitar lo inevitable.
Sonrío satisfecha, imaginándote perdido, desesperado, sin saber cómo salir vivo de esta encerrona.
Me recuesto en la silla, satisfecha, entrelazando mis manos por detrás de la cabeza. Me ha costado mucho, pero ha merecido la pena.
Ríndete. No tienes escapatoria.
Puedo saborear mi victoria y me siento poderosa. Por fin, después de tanto tiempo, te tengo dónde quería.
Me dejo llevar por la impaciencia. Actualizo y, ahí está, un nuevo mensaje, tu mensaje, burlándose de mí: “Torre a H6, jaque mate”
De un manotazo, ruedan por el suelo las pocas piezas que quedaban vivas en mi tablero. Mientras, tus carcajadas retumban en el eco del patio de luces.

IMAGEN:
http://www.deviantart.com/art/Ajedrez-376447691

miércoles, 21 de junio de 2017

Caducidad



Elisa era una de esas personas que consiguen deslumbrarte con facilidad.
A eso dedicaba todo su tiempo y esfuerzo: a sorprender, a provocar en los demás la necesidad de querer mirarla, de querer escucharla, de querer tenerla cerca, lo suficientemente cerca como para acabar dentro de ella. Hasta que se cansaba y buscaba otro incauto al que impresionar.
Elisa no era una mujer guapa, no. Resultona, eso sí. Tenía algo, pero ese “algo” no radicaba en su físico, precisamente. Con los andares de una gata, sensual y sinuosa. Sabía cómo hablar y cómo cruzar las piernas para levantar algo más que expectación. Con un cuerpo de curvas simples y pecho discreto. Ni gorda ni delgada. Ni alta ni baja. De pelo rojizo y corto, a lo garzon, y ojos grandes y rencorosos, camuflados bajo unas buenas gafas de sol, que añadían el puntito de misterio necesario para que quisieran quitárselas, junto con el resto de su ropa. Y es que su poder hipnótico era legendario.
Pero Elisa era fiel a sus principios —y a sus finales—, y procuraba no quedarse demasiado tiempo en la misma postura, con la misma persona, para evitar cualquier tipo de marca impertinente en la piel o, quizá, bajo ella.
Cuando la conocí, estaba en horas bajas ya. No era más que un reflejo de lo que fue, aunque conservaba esa mirada rencorosa, oculta por unas gafas de sol a la última, y difuminada por el humo de sus cigarrillos, bajos en nicotina.
En el fondo, nos parecíamos, mucho, no había más que vernos. Sin un atractivo físico al que recurrir, teníamos nuestras armas de ataque y retirada, claro, y nuestro público fiel, que iba creciendo y renovándose a buen ritmo. Y, en todo movimiento, buscábamos nuestro propio beneficio, nuestro placer, que, al fin y al cabo, es lo único que consigue mantenerte vivo.
Las charlas incansables, sobre temas abstractos y absurdos, comenzaron a ser habituales en nuestras tardes de café, aderezado con un buen chorro de whisky.
Vi mi futuro cuando, una de esas tardes, se quitó las gafas. Ahí estaba, el triunfo de vivir sin ataduras, reflejado en su mirada, de un color difícil de clasificar, como ella, acompañado de una sonrisa que disimulaba las intenciones que encerraban sus ojos. Y entendí que, en algún momento, yo también dejaría de despertar interés y que viviría de los recuerdos de juventud. Pero, por suerte, ese día tardará en llega… Los hombres disfrutamos de un amplio margen en nuestra fecha de caducidad.
La otra noche, volvía a casa tras disfrutar de la compañía de una chica a la que ya había olvidado. Al pasar por la puerta del garito de Tomás, percibí una sombra apoyada en la pared. Una chispa roja se encendió súbitamente y el humo, azulado y huidizo, flotó en busca de la bombilla de una farola cansada, que iluminaba vagamente la escena.
Era Elisa. Sujetando su cigarrillo con sus dedos esbeltos, faltos de anillos, de uñas largas y cuidadas, con un vestido camisero que, mágicamente, le  dibujaba una inexistente figura, haciéndole parecer una de esas mujeres fatales escapadas de alguna película de los años cuarenta.
—¿Elisa?
—Tino —me respondió en tono grave. Estaba claro que llevaba demasiado tiempo sin hablar con nadie.
—¿Qué haces ahí?
—Fumar, ¿no lo ves? —Y acompañó su respuesta con una de esas sonrisas fingidas, que solía utilizar para disimular el amargor de sus palabras—. ¿Quieres uno?
No me apetecía, la verdad, pero el exceso de melancolía en su voz me invitó a fumar con ella.
Cogí el cigarrillo, que había sacado de su pitillera, y lo encendí en la llama temblorosa que me ofrecía.
—Gracias… —dije y, solté una espesa bocanada de humo, que se interpuso entre los dos.
—Sabes, Tino, ya nadie da fuego, ya nadie da cigarrillos porque sí, ya nadie da nada, ahora todo el mundo pide… y eso me está quitando el puesto de trabajo. —Sonrió, derrotista—. Todo el mundo acaba pidiendo algo, aunque no deba…
—Todo el mundo acaba dando algo, aunque no quiera —contesté ágil.
—Tú no me has dado nada —me recriminó.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Y qué quieres que te dé yo? —contesté con desdén. Ella se sonrió, contenida, pero el alcohol en sangre le arrancó una escandalosa carcajada que acabó por atravesar su garganta, para salir despavorida, huyendo descontrolada por el callejón.
Elisa me miró con sus ojos grandes, profundos, ya no tan rencorosos, que habían levantado, antaño, tantas pasiones con un simple pestañeo.
—tú y yo nos parecemos, mucho. Digamos que somos dos versiones de la misma canción—comenzó a decir—. Tú sabes cuál es mi juego, porque juegas a lo mismo. No somos malos, no, solo buscamos sorprender, deslumbrar, sentirnos por un momento el centro de la vida de alguien, aunque ese alguien no nos importe nada… Y desaparecemos a tiempo, por miedo a ver cómo esa admiración, un día, se desvanece. —Dejó caer el cigarrillo al suelo y pequeñas chispas rojizas saltaron hasta apagarse lentamente—. Porque, bien sabes tú que, acaba por desaparecer, sin más, de la misma manera que apareció, y nadie nos ha adiestrado para saber afrontar la decepción.
Elisa se acercó y apoyó su mano en los botones de mi camisa, jugueteando con uno de ellos.
—Tú no me has dado nada —me acusó—, todavía.
—Tampoco me lo has pedido.
—pensé que, alguien tan listo como tú, ya se habría dado cuenta.
—¿Qué quieres...?
Y, levantando la cara, me besó, pegándose a mí, con rabia, arrebujando la camisa en su puño y tirando de ella para pegarme aún más a su cuerpo.
Cuando nuestras bocas decidieron separarse, ella evitó mirarme.
—¿esto es lo que querías? —le pregunté, tomándola por los hombros.
—no. Quiero más —susurró—. Quiero… quiero ver cuánto tiempo tardarás en decepcionarme.

Imagen: